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martes, agosto 28, 2007

“Cada uno tiene que encontrar la forma de llegar a lo más alto de sí mismo” _Entrevista a Luis Paniagua

Juega con las notas, pero aún más con el silencio, para que a través de éste hallemos recogimiento, para que a través de la pausa se cuele la esperanza. Viene de la India, pero también de la Europa medieval y de las geografías indígenas…, de todos los lugares que con sonido agradecen la vida. Carga con muchos instrumentos, sobre todo con los más sencillos, los que proporciona la Madre Naturaleza.



Al preguntarle por el mundo aflora toda la sensibilidad que oculta tras las notas. La música es el regalo que él otorga en medio del sufrimiento, es también refugio. Por ello nos confiesa su temor al tañer la última nota antes de dejar el instrumento y “bajar a tierra”. Se abre sin pudor. Hombre de silencios y sin embargo le vemos disfrutar la charla y la palabra. Quizás restaran sentimientos que su arpa austera o el “sitar” juguetón nunca lograron atrapar. Quizás restara algún territorio oculto que su música del alma no lograra conquistar. Sus respuestas evidencian un entusiasmo por la naturaleza y la vida. Le entrevistamos al término del espectáculo “¿Te acuerdas…?”, que junto a la compañía de teatro “Fabula” ha ofrecido en Madrid a los niños más pequeños. Dicen de su música: “Es un canto a la armonía, a la búsqueda optimista de la paz, al deseo de vivir serenamente con nosotros mismos y con los demás”. Hay quien sugiere también que es una “búsqueda del camino directo a las emociones más escondidas”…

¿A qué invita en realidad tu música?

Escuché desde pequeño mucha música clásica en mi casa y con el tiempo empecé a componer mi propia música. La gente me decía que les llenaba de paz, que les había tocado en el ama y que se sentían transportados a otros mundos. A la luz de esto, me di cuenta de que la música es un elemento transformador. Soy el primero que necesita aprender de la música que hago. Urgimos de momentos de paz y de interiorización. En la medida que yo carezco de equilibrio, de paz, de amor…, necesito esta música que me hace sentirme bien.

¿Siempre tras la paz de adentro…?

Así es. Cuando de joven pasaba por momentos difíciles, hacia música y las tonterías y telarañas mentales se me quitaban de la cabeza. Hoy, en la vida cotidiana, cuando surge algún problema cotidiano, subo al estudio, estoy un rato con la música y después bajo transformado. Me ayuda a limpiarme. Dejo el mundo físico para irme al mundo del sonido, que está muy cercano al mundo del alma.

¿Hay algo fuera del tiempo en esa música? ¿Hay algo de huída…?

La música ha sido y es mi droga, con la ventaja de que no tiene efectos secundarios o bien son muy positivos. Hay momentos que necesito cobijarme en mi mundo, en la esfera del sonido, desconectar de lo cotidiano para ir a otro lugar. Hay un contraste muy grande entre la vida real y esos mundos. Cuando me encuentro en un concierto y voy a terminar una pieza, para que el salto a la realidad física no sea grande, intento bajar muy despacio desde ese estado de pureza y armonía en que nos hallamos. A veces me ocurre que esos momentos alargan y alargan. Bajo el volumen, ralentizo el ritmo y prolongo ese final hasta que la música se hace casi imperceptible.

¿Qué proporcionan esos instantes mágicos?

Ese estado intermedio entre uno y otro mundo ayuda mucho. Pretendo permanecer en los dos mundos a la vez: el estado alterado del mundo y el de paz y armonía de la música. Se podría decir que fuerzo una interacción entre las dos dimensiones. Pretendo combinar armoniosamente las dos esferas. Ayuda a seguir viviendo.

¿La música viene de arriba o la creas de adentro? ¿Algo de esa música nos habitaba?

Soy un medio, la música surge de mí ella sola. Creo que las melodías estaban ahí y yo simplemente las traigo. Creo que está todo hecho, reproducimos lo mismo de manera diferente. Compongo música para yo aprender de ella.

Pareciera que te restas mérito…

El mismo ordenador puede hacer todas las combinaciones musicales posibles. Una vez con un amigo observamos las variables de unas notas introducidas en el aparato. Una de esas variables me impactó especialmente. Subrayo lo mismo: la música siempre ha estado ahí. Ocurre que la rescatamos, la recuperamos y la mostramos. Cuando me sumerjo en el mundo del sonido, trato de gozar con su pureza y armonía, trato de emitir una vibración que se junta con la de ese mundo.


¿La música te ayuda por lo tanto a escalar dentro de ti?

Cada uno tiene que encontrar la forma de llegar a lo más alto de sí mismo. Cuando he vivido momentos entrañables en medio de la naturaleza he solido pensar: “Yo si viviera aquí, no necesitaría hacer música”. La música ha sido una necesidad de consuelo, de acunarme, de compañía…, de crearme en definitiva un mundo que no existe en la sociedad habitual.

¿Tras la última nota, cómo te encuentras en el mundo?

Estamos entre el cielo y la tierra y debemos desenvolvernos como funambulistas en un constante equilibrio. Hemos de saber vivir con la hermosura y con la miseria a un mismo tiempo. Es cierto que en este mundo encuentras belleza, personas hermosas…, pero también existe el odio y la guerra.

¿Antídotos?

Cuando nos agraden hemos de aprender de los grandes maestros que son capaces de transformar esa agresión en amor. Contrarrestar, atacar con amor.

¿Te inquieta este tiempo?

Por momentos me inquieta, porque ocurren cosas muy fuertes. Cuando sale el bebé que llevo dentro se asusta. Se trata de una desprotección, de un vacío… En ese momento es preciso recordar que hay belleza, amaneceres, seres plenos de armonía… y ellos te acompañan para no asustarte. Si no hubiera nada de eso, nos desmoronaríamos. Un abrazo de verdad, la mirada serena de una persona…, te proporciona un coraje suficiente para poder seguir adelante.

¿Puede ser una oración tu música?

Yo creo que de alguna forma sí lo es. Muchas de mis músicas son para volcar hacia dentro. El recogimiento ya es en sí una oración, no quizás a los dioses de las iglesias y de los templos.

¿Marcando distancias con lo instituido?

Respeto a las iglesias. Son humanas y dada esa condición han hecho bien y mal. Por lo demás, es bueno tener maestros, pero sólo por un ratito. Lo importante es aprender a caminar por nuestra cuenta. Jesús viene decirnos más o menos en un evangelio apócrifo: “Para conectar con la Fuente no uses intermediarios, hazlo directamente, pues esa Fuente no se encuentra en lo alto de los Cielos, sino dentro de ti”. La Iglesia no puede decir que este texto apócrifo no es cierto.

¿Defensor empedernido del “busca dentro de ti…”?

Así es, pero además: “¿Qué tienes para enseñarme?, ¿qué tengo yo para enseñarte…?” Todos tenemos algo para aportarnos los unos a los otros. Todos atendemos a un desafío de evolución. Estamos tratando de aproximarnos al Origen del cuál venimos, independientemente del nombre que le pongamos, ya sea Dios, Fuente… Es cierto que la palabra Dios estás desvirtuada, pero a mí me gusta seguir aplicándola, pues es la que yo he conocido desde pequeño. La plenitud de nuestro Dios interior está llamada a crecer de forma que nos podamos convertir en auténticos Dioses. Se trata de armonizarnos con la naturaleza que por encima de todo somos.

¿Música de fusión, espiritualidades también fusionadas?

Podemos disfrutar haciendo algo de forma conjunta, aportándonos los unos a lo otros. Para ello es preciso permanecer abiertos. Así ocurre tanto en el ámbito de la música, como de la espiritualidad, como de la propia vida cotidiana. Fusionarse y enriquecerse es natural. Esa unión en la diversidad es positiva siempre y cuando la promocionemos con respeto, con pureza, con belleza… La globalización, cuando se promueve en aras de nuestro propio beneficio, no es en absoluto positiva. Otra cosa es cuando se alienta con buena fe y espíritu desinteresado.

¿Qué significa la India para ti?

En un primer momento la India representó sonido. En el año 1969 fui al Ateneo de Madrid a escuchar un concierto de “sitar” y tabla. Ya en la adolescencia me sentía inclinado por la música de ese país. Es muy rica en melodías y simple en tonos, monotonal. Después formé parte del grupo “Atrium Musicae”. Con 14 años empecé a hacer conciertos internacionales. Entre el 1972 y el 1982 junto con mi hermano recorrimos Europa haciendo música medieval. Después estuve cinco años tocando solo el “sitar” de una forma autodidacta. Al cabo de ese tiempo conocí a un maestro de música de la India y me marché con él a los 23 años. Estuve seis meses tocando el “sitar” mañana, tarde y noche, trabajando mucho. Fueron los momentos más hermosos de toda mi vida hasta aquel momento.

¿La India dura te golpeó?

Cuando llegué a mí mismo me decía: “Que Dios me ayude a entender lo que sucede aquí”. Al ver la cruda realidad de cómo vivía la gente de la calle, me sentí un privilegiado. Al fin y al cabo estaba en Benarés en la ciudad sagrada, veía diariamente el Ganjes sagrado pasar, olía incienso a todas horas…

¿No querías sucumbir?

No podía sucumbir. Lo sentía mucho por los pobres, pero no podía hacer más. “Yo sé hacer música y desde ahí espero ser útil. Quiero aportar algo desde lo que yo sé hacer que es música”, me decía a mí mismo, pues no me podía permitir el lujo de deprimirme por la miseria que contemplaba. Después descubrí la otra India, por medio de la que hoy es mi mujer. Conocí a su maestro espiritual, a su padre… Gracias a ella pude observar con más perspectiva lo maravilloso y lo terrible de la India. Estuve 25 años tocando el “sitar” y después lo tuve que dejar. Sufrí una crisis, una noche oscura del alma.

¿Dios está allí más presente?


En realidad para ellos todo es Dios. No hay que esperar ir al Cielo para conocerle. El sonido es sagrado. “Nada Brama”, “El sonido es Dios” dicen los hindúes.

¿Qué te inspiran, qué te hacen recordar los niños pequeños?

Los bebes son los seres más puros, más influenciables de la tierra. Son pureza en su máxima expresión. Un amigo decía que a los niños pequeños son los únicos seres a los que es preciso tratar de Vd. Acaban de venir del “otro lado” y están esponjitas. Todo lo que vivan al principio se les va a quedar grabado. Son los más dignos de respeto.

¿Ha sido determinante la experiencia de la paternidad?

Fue impresionante, de las cosas más maravillosas que he podido vivir. Es también una experiencia de gran responsabilidad. Debería haber escuelas de papas para enseñarnos cómo se hace. Me preguntaba a mí mismo cómo me gustaría que me trataran. Intentaba ponerme en su lugar. Educar es también un ejercicio delicado, pues educar y castrar van a menudo unidos de la mano. Hay que hacerlo de la forma más cuidadosa, para que con el aprendizaje no se pierda la pureza y la inocencia del pequeño. Los niños nos ponen a prueba. Hemos de intentar que el hijo sea un chaval generoso y amoroso, porque ha visto generosidad y amor alrededor suyo.

¿Se duerme con tus nanas?

Todas las noches. Por lo menos todas las noches que yo le duermo, que son muchas. Sólo me ha faltado darle pecho. Cuando nació trabajaba lo menos posible, gracias a Dios me lo podía permitir, para poder estar el máximo tiempo con él. Me decía a mí mismo: “No me lo quiero perder”. Cuando cumplió cuatro años, no me quedó otra que ponerme un poco “las pilas” y trabajar un poco más.

¿Qué te ha dado?

Por ejemplo ha fomentado mucha creatividad en mí. Gran parte del espectáculo de ahora para bebés “¿Te acuerdas…?”, lo compuse primero para Sukhji, mi hijo. Tenía mucho material acumulado que después he adaptado y plasmado para la obra.

¿Qué significa Sukhji?

Significa ganador de paz, alegría y plenitud. También conquistador de placeres terrenales y divinos. ¿De Madrid al sur? Mi padre era del sur. Antes estuve en una masía en pleno Pirineo leridano. Viví diez años solo gozándolo y padeciéndolo. Conocí a mi mujer. Cuando ella entró en casa, yo ya me quería marchar. Al nacer nuestro hijo decidimos bajar a un lugar más templado. Un gusto estar en Almería, como en tantos otros lugares del planeta.

Entrevista cedida a Portal Dorado por Fundación Ananta (www.fundacionananta.org)

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