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miércoles, junio 08, 2011

Impostores de la voz del pueblo_ Escribe: Guillermo Giacosa / Perú 21



Este artículo de Guillermo Giacosa, saca la luz el lado oscuro de los que perdieron las elecciones en el Perú.

Resulta muy educativo comprobar que para el sector privilegiado de la sociedad, la democracia solo tiene validez mientras favorezca sus intereses, y para defenderlos, no dudan en irrogarse la representación de toda la sociedad.

Descubramos su juego. Los resultados electorales son una muestra de cómo podemos hacerlo. (Jesús Hubert)


No pondré nombres porque el discurso y las preocupaciones eran los mismos. Todas sus preocupaciones recorrían idéntico camino, y las resumiría en un par de frases engañosas pero, a fuerza de repetidas, reveladoras: “La gente quiere saber”, “el pueblo peruano quiere saber”. ¿Qué es lo que la gente o el pueblo peruano querían saber según estos aguerridos periodistas, repentinamente devenidos en los representantes naturales de lo que realmente le interesa al grueso de la población? Pues, el nombre del futuro primer ministro, el nombre del futuro ministro de Economía o qué iban a hacer para que, el lunes, la Bolsa de Valores de Lima no reaccionara negativamente. También querían que les dijeran que los tratados de libre comercio (TLC) se iban a respetar y que las líneas maestras de la economía no se alterarían. En realidad, querían que les dijeran que todo iba a ser como antes y que las elecciones solo habían sido la parte coral del sainete democrático que reclama este acto.

Querían que les dijeran que Ollanta era solo un espejismo y que todo seguiría igual. Bajo la consigna lógica –pero falaz– de que no hay que detener el crecimiento económico, se arrogaban la representatividad del pueblo, mutaban en la gente de todos los días, de la que suda para llegar a fin de mes entregando porciones de su humanidad, y querían una respuesta. Nunca escuché tantas veces que la gente fuera invocada, y nunca estuve tan seguro de que sustituían “la gente” por el “nosotros”, sin intuir que entre ellos y la gente que invocaban hay un abismo de privilegios que, sin ser injustos, deforman la percepción de la realidad.

¿Alguien, en su sano juicio, cree que a la multitud reunida el domingo en la noche en la plaza Dos de Mayo le interesaban los nombres de los futuros ministros o la actitud ante los TLC, etcétera? En ese día, al menos, no. Esa multitud, que cumplió con la tarea histórica de impedir que se repita la dictadura, solo quería festejar, quería sentir que la manipulación a la que son sometidos a diario tiene un límite y que ellos habían sabido trazarlo al desoír la incalificable campaña mediática contra su candidato.

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