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jueves, octubre 15, 2009

Despenalización del aborto o el regreso de María de Magdala _ Escribe: Andrés Ponce




¿La mujer es solo una “fábrica” de seres humanos obligada a gestar sin chistar, cual disciplinada recluta? ¿Dónde comienzan y terminan sus derechos? ¿Puede la sociedad imponerle límites en nombre de la defensa de la vida de un nuevo ser?.

Algunas preguntas que Andrés Ponce, columnista del diario "Perú 21", intenta responder con una reflexión muy aguda sobre la legislación del aborto y el sectarismo de ciertas Iglesias. Un buen aporte al debate. (Jesús Hubert)

El Perú está en vilo por el debate sobre la despenalización del aborto. La cosa es tan seria que en el propio gabinete, en el Congreso y en la llamada intelligentzia local se han abierto precipicios. El ministro de Defensa, Rafael Rey, inclusive, ha amenazado con renunciar en caso prospere la iniciativa permisiva. La Iglesia Católica, cerrada como un puño y al margen de diferencias terrenales, se levanta como un muro en contra del proyecto.

Un debate sobre salud pública se cruza con criterios filosóficos y religiosos. Y está bien que sea así. La Iglesia dice que, desde el momento de la fecundación, existe un nuevo ser sin posibilidades de defensa ante la muerte. Según este criterio, el aborto es un pecado así se trate de salvar la vida de la madre (aborto terapéutico), de evitar el nacimiento de un niño sin viabilidad biológica (aborto eugenésico) y de cancelar el embarazo perpetrado por el violador. Negar el aborto terapéutico es poner en riesgo la vida de la madre y del feto. Dos seres en peligro, pero la jerarquía eclesial ni se inmuta. Peor aun, ni siquiera se aceptan los métodos artificiales de control de la natalidad.

Sin embargo, considerando argumentos filosóficos y religiosos, ¿cuál es la esencia y el papel de la mujer? Defendiendo al óvulo fecundado en cualquier situación, la mujer termina reducida a una especie de perpetua parturienta. Su deber es parir todo lo concebido. Es un medio ser, con medias libertades, con media voluntad. No tiene derecho a decidir. A diferencia del macho, que puede disponer de su cuerpo, la fémina está condenada por su naturaleza.

Las grandes religiones monoteístas (el judaísmo, el cristianismo y el islamismo) se moldearon con las manos del patriarcado. Los hombres están más cerca de los cielos y las mujeres, un poquito lejos. En el catolicismo oficial, el sacerdocio solo puede ser ejercido por el varón y a la mujer solo le queda aplaudir. Y, en pleno siglo XXI, es preferible que ella se muera antes de rasgar la dureza de un dogma. Una forma de fundamentalismo que sobrevive no obstante que ya enviamos robots hacia Marte.

En este debate que nos remece hasta las raíces de los cabellos, no deberíamos olvidar que la postergación de la mujer en las religiones monoteístas es una construcción terrenal de varones encaramados en el poder. El papel de María de Magdala (a veces reducida a prostituta) empieza a ser revalorado por nuevos descubrimientos arqueológicos y por las visiones críticas de la jerarquía eclesial. Todo indica que era una discípula destacada de Cristo, una sacerdotisa al lado del Nazareno, hecho que nos revela la potencia libertaria del mensaje cristiano. Si la Iglesia no revisa su papel frente a la mujer, el rebaño seguirá raleando a pesar de que el mundo de hoy no se explicaría sin la grandeza de Cristo.

Publicado originalmente como “El regreso de María de Magdala”
Tomado del diario “Perú 21” del 15/10/2009