Traduzca el blog a 33 idiomas / It translates blog to 33 languages


| | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | |

miércoles, agosto 27, 2008

¿El hombre ha muerto? _Escribe: Hubert Lanssiers

Hubert Lanssiers, el autor de esta nota, fue un sacerdote belga. Dedicò lo mejor de su vida a asistir y defender a los presos de las carceles del Perù. Y partiò el 23 de Marzo del 2006.

Lo que leeran, es el corazòn desgarrado de alguien que comulgò con el dolor, para aliviarlo.

Nos deja su reflexiòn profunda acerca de estos tiempos de consumo bullicioso y tecnologia, pero de un friaje en aumento acelerado, aun mayor que las temperaturas bajo cero y los desequilibrios de la ecologia: el enfriamiento del corazòn humano.

De esto trata lo que van a leer, pero quiero que reparen en algo mas . Hubert Lanssiers, siendo sacerdote catòlico y manifestando su testimonio de amor efectivo, no necesitaba -como comprobaràn- de citas biblicas para referirise a las esencias de la vida y sus tràgicas ausencias en el mundo contemporaneo. Preguntèmonos por què. (Jesùs Hubert)

Hace poco, Carmen, absuelta e indultada después de cuatro años de cárcel, salió de Chorrillos. Era unsábado de garúa, una mañana de perros mojados -"pon tus dedos en la tinta, firma aquí y firma allá"-. Ni un "adiós", ni un "que te vaya bien". Una sardina enlatada entre millones de latas de sardinas había sido borrada del inventario.

María había perdido la razón en la cárcel y por esto no podía ser juzgada. Al cabo de diez años, aprovechando un momento de lucidez intermitente, la presentamos a audiencia. Mandaba besitos volados a los atónitos jueces, que nunca habían recibido tanta muestra de afecto. Fue absuelta.

A causa de un papel que se había extraviado, la devolvieron a la cárcel, que la mandó a la división de requisitoriados, que la envió a la DINCOTE, que la transfirió a Palacio. Allá la fui a rescatar, y la encontré sentada en un rincón como un bultito olvidado por su dueño. Vivía en un pueblo joven del Callao y reconoció su casa por un sauce que había plantado en la época en que un árbol en el terral de Gambeta era una curiosidad.Comentario posterior de un vocal de la Sala Corporativa: "Esta mujer debe ser muy importante para el P. Lanssiers, ya que él mismo la vino a buscar". Tenía razón: María era única para mí; para él era un paquete sin destinatario.

El gerente de una gran empresa de Lima convocó al jefe de personal y le ordenó "liquidar" -la palabra me gusta- a sesenta empleados; había que "desengrasar" la compañía. Los despedidos lloraban con esas gruesas lágrimas que no son agua sino sangre del corazón. Efectuada la purga, el gerente se dejó conmover por la desesperanza de los nuevos desempleados: les propuso volver a contratarlos pero desangrando esta vez su sueldo anterior en 40%. Todos aceptaron.

Creo que hemos ingresado en el tiempo del desprecio. Desprecio por el individuo, a quien se le han quitado todas sus aristas para que quepa en un molde universal, en una especie de clasificación mineralógica.

La gran Computadora Madre que rige los cielos y la tierra no puede introducir en su esquema matemático este ser eminentemente desordenado -messy- que es el individuo con sus angustias y sus lágrimas, sus amores y sus esperanzas.

Ahora son los indicadores macroeconómicos -inflación, divisas, déficit presupuestal, comercio exterior, crecimiento- los que han tomado el carácter de imperativos absolutos a los cuales todo tiene que ser sacrificado.

El mercado define lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo justo. Las leyes del mercado son las nuevas tablas promulgadas en el Sinaí de Wall Street. Tablas de la ley que exigen una sumisión incondicional. Este sistema se transforma en un nuevo totalitarismo con sus dogmas, sus sumos sacerdotes y sus verdugos.

Los amos del mundo nunca han sido tan poco numerosos, nunca han sido tan despiadados y brutales. La acumulación inmediata de riquezas fabulosas ha sido alentada y propuesta como modelo a seguir; los tramposos han sido adulados. La revista japonesa Nikkei señala que entre los diez capitanes de industria más ricos del Japón, sólo tres deben su fortuna a una economía real; los otros siete son especuladores. Es la apoteosis de la economía-casino.

Todo el mundo se da cuenta de que vivimos en un período de rupturas, de recomposición de las fuerzas geoestratégicas, de las formas sociales, de los actores económicos y de las referencias culturales. La alarma y el desconcierto toman el lugar de la gran esperanza que suscitó el "nuevo orden mundial" que murió al nacer.

Frente a estos cambios acelerados que pulverizan las bases de su existencia, la gente tiene miedo, un miedo insidioso que es incapaz de identificar al adversario; se siente amenazada por todas partes por el orden y el desorden, por los dinamismos opuestos de fusión y de fisión. La cultura, que es fundamentalmente la conciencia que tiene el hombre de su sitio en el Universo, se desmorona; los ciudadanos tienen la impresión de que los Estados aprisionados en estructuras arcaicas están coludidos con un sistema que hace su desgracia o, tan desorientados como el común de los mortales, no saben a qué santo ponerle una vela. La racionalidad zozobra y los náufragos se agarran de cualquier salvavidas; esta es probablemente la explicación del fenómeno de las sectas milenaristas que pululan por doquier.

El problema consiste en saber si el hombre ha muerto o no. Como se preguntaba Malraux (y Paul Valery le hace eco): "Nosotras, civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales". Nos habían contado de mundos enteros desaparecidos, de imperios que se fueron a pique con todos sus hombres y todas sus máquinas, engullidos en el fondo inexplorable de los siglos con sus dioses y sus leyes, sus academias y sus diccionarios. Constatamos ahora que el abismo de la historia es lo bastante inmenso como para contener a todos. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida.

La performance económica entra en contradicción con la cultura y la democracia, que parecen haber olvidado la advertencia de Queneau: "La meta de toda transformación social es la felicidad de los individuos y no la realización de leyes económicas ineluctables".

Después de la "Revolución de terciopelo" en Praga, Vaclav Havel se atrevía a afirmar que la Historia y la Moral se reconciliaban; pensaba que había llegado la hora de construir esta sociedad con la cual tantos intelectuales habían soñado, basada en las virtudes democráticas, en la ética y la responsabilidad, en la cual las metas esenciales no serían las ganancias y el poder sino el sentido de la comunidad y el respeto del otro.Efímero instante.

En la misma Europa de Havel estalló la Guerra de Bosnia con sus 140.000 muertos, 70.000 mutilados y 3 millones de refugiados obliterados por un huracán de odios.

Todo lo que acabo de mencionar se parece a un abultado catálogo de cataclismo, catálogo que uno puede hojear con mirada distraída. Toma, sí, un sentido desgarrador cuando nos atrevemos a buscar, detrás de las estadísticas, el rostro ensangrentado de cada víctima. Entonces la imaginación vacila y se parte el corazón.

Al contemplar la realidad desde la lejanía de Sirio o Alfa del Centauro sólo se distinguen los conjuntos, y los detalles se disuelven en la masa. Son estos detalles -el individuo- los que tenemos que rescatar del anonimato de las categorías que borran su identidad.

No soy un entomologista de las ciencias sociales o económicas, ni un matasiete de los sistemas a condición que no confundan las instancias, que reconozcan su vulnerabilidad y tomen conciencia de que son un medio y no un fin.

El neoliberalismo salvaje, la ley del mercado, nos devuelve a la época de Dickens. Por otra parte, Lionel Jospin, primer ministro de Francia, advierte que hay pocas razones para creer que el socialismo, concebido como modo de producción específico, tenga un porvenir.

Estas constataciones nos invitan a investir en el campo de la imaginación para crear un modus operandi que tenga como meta primordial el respeto al individuo multiforme.

Es difícil reconciliar el orden indispensable con un no menos indispensable margen de libertad, pero hay pocas cosas que la humanidad no puede lograr si no está animada por una pasión lúcida, por una cierta direccionalidad. En suma, es una nueva mentalidad la que tenemos que promover, más allá del inmovilismo conservador de la derecha o de la izquierda.

La misma democracia, tan vinculada a los derechos humanos, sólo representa la dimensión social de la vida humana; y si no está impulsada por una tensión que la proyecte más allá de los límites de su definición etimológica, corre el riesgo de estancarse en una especie de colectivismo cuando el sentido de la vida es también, como el hombre, absolutamente individual e íntimo. Considerar al hombre como simple elemento de una categoría, lo achata y lo asfixia.

Finalmente, lo que pido, por el momento, no es mucho; simplemente que todas las instituciones -grandes y pequeñas, nacionales e internacionales- estén un poco más atentas al sufrimiento humano.

Quizá habría que relativizar las grandes visiones estratégicas, practicar la política de lo cotidiano, de los "pasitos", como lo preconiza el nuevo canciller alemán Shroder; quizá surja un nuevo Prometeo que robará el fuego a los dioses; y quizá se levantará en América Latina este continente lleno de vitalidad, de congenialidad y de alegría de vivir a pesar de todas las circunstancias adversas. Este continente desordenado, por cierto; pero el orden no crea la vida: es la vida la que crea el orden

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Espero tu amable comentario