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viernes, setiembre 10, 2010

“Volar” … a las imposibilidades posibles del amor, a través de Miguel Hernández




Amor...Amar, palabras cotidianas pero esencialmente desconocidas. Trivializadas, esfumadas, reducidas a la nada en un abrazo lubrico, en un “polvo” fugitivo…o en una cadena negadora.

Nuevamente la poesía viene en nuestro auxilio, esta vez de la mano de los niños y de un "profeta" llamado Miguel Hernandez.

No viene a deletrearnos el ABC del amor…no. Solo a sumergirnos en la atmósfera enrarecida de este mundo que endiosa el amor pero matarlo, asfixiarlo, negarlo.

Amar sin alas, imposible.
Pero todos los días en nombre del amor les cortan las alas a los amadores.

Paso al poema, al profeta…y a los niños, todavía cerca de su esencia, paso al amor.
(Jesús Hubert)






Unos niños y niñas del tercer ciclo de primaria,
recitan la poesía de Miguel Hernández: Vuelo,
para celebrar el centenario de su nacimiento
(22 de abril de 2010)

"Vuelo"

(Miguel Hernandez)

Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

Amar… Pero ¿quién ama? Volar… Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.

Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.

Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.

Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.

Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

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