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lunes, junio 23, 2014

Brasil: La clase de gente del poder _ Escribe: Leonardo Boff, teólogo de la liberación, Revista Fusión.


Brasil pobre, Brasil rico

En el anterior post, mostrábamos el otro lado de Brasil. Y el artículo que les presentamos a continuación, completa y explica el panorama:

El poder real de quienes ostentan el poder económico. Poder, como vemos, para matar y también para insultar, aún a quien personifica a su propio país. Lamentablemente, Brasil, tras su imagen de desarrollo económico, mantiene trágicos abismos sociales y humanos (Jesús Hubert).


Quién avergonzó a Brasil aquí y fuera de aquí

Pertenece a la cultura popular del fútbol abuchear a ciertos jugadores, a los jueces y, finalmente, a alguna autoridad presente.

Los insultos con palabras soeces que hasta los niños pudieron escuchar -inaudito en el fútbol en Brasil-, se dirigieron a la más alta autoridad del país, a la presidenta Dilma Rousseff, situada en la parte posterior de la tribuna oficial.

Estos insultos vergonzosos sólo podían provenir de la clase de gente que todavía tiene visibilidad en el país, "gente blanquísima de clase A, con falta de educación y sexista" como comentó la socióloga del Centro de Estudios Feministas, Ana Thurler.
Los que conocen un poco de historia de Brasil o quienes hayan leído a Gilberto Freyre, José Honorio Rodrigues y Sérgio Buarque de Hollanda saben identificar inmediatamente tales grupos. Son sectores de nuestras élites, los más conservadores del mundo y rezagados en el proceso de civilización global, como solía recalcar Darcy Ribeiro; sectores que durante 500 años ocuparon el espacio del Estado y se beneficiaron de él a más no poder, negando derechos ciudadanos para garantizar privilegios corporativos. Estos grupos todavía no han conseguido deshacerse de la Casa Grande que tienen incrustada en la cabeza, ni olvidar la picota donde eran flagelados los esclavos negros. No sólo su boca está sucia; está sucia porque su mente es sucia. Están anticuados y piensan todavía dentro de los viejos paradigmas del pasado, cuando vivían en el lujo y el consumo conspicuo como en la época de los príncipes renacentistas.

Los insultos con palabras soeces que hasta los niños pudieron escuchar -inaudito en el fútbol en Brasil-, se dirigieron a la más alta autoridad del país, a la presidenta Dilma Rousseff, situada en la parte posterior de la tribuna oficial.

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