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lunes, noviembre 26, 2007

El tercer mundo como basurero_Escribe: Luis Pásara / Perú 21


Esta exportación empezó enviando ropa usada; ahora abarca una diversidad de productos desechados en el mundo desarrollado, incluidos los muy dañinos.

Hace muchos años, cerca de la Clínica Anglo-Americana, se instaló en Lima un negocio que, durante cierto tiempo, fue un lugar dotado de magia para una clase media que no podía pagar aquello que quería lucir. En este local se vendía ropa importada de Estados Unidos, con escaso uso, que gentes adineradas de ese país quisieron exhibir solo en pocas ocasiones. Fue el anuncio de un renglón exportador que ha ido tomando importancia y ha convertido al tercer mundo en destino de aquello que se desecha en el primero.

La ropa usada sigue siendo exportada masivamente a América Latina y a otras regiones. En algunos casos, viaja como donación de prendas que, desde cierto nivel de vida, en Estados Unidos y Europa son descartadas por su desgaste o por haber pasado de moda. En vez de que ocupen inútilmente espacio en la casa, su entrega a alguna organización humanitaria permite al donante ese pequeño lujo de ejercer la caridad. Puede que, una vez en el lugar de destino, no sean repartidas gratuitamente sino vendidas -el donante no lo sabe- pero, regaladas o no, el propósito principal se ha cumplido: lo desechado ya está lejos, en algún país del sur, y viste a quienes no pueden pagar por un producto nuevo.

La inundación del Perú, en los años noventa, por vehículos que fueron puestos fuera de circulación en Japón o en Corea del Sur ha dejado una presencia aún visible en miles de autos y camionetas que sirven como taxis. Esos autos fueron vendidos a muy bajo precio en el lugar de origen, debido a su obsolescencia. Ingresaron en el mercado local y, previo traslado del timón a la izquierda en algunos casos, se mantienen en circulación hasta que terminan canibalizados, abandonados sus restos en algún descampado.

Un estudio sobre comportamientos empresariales en Estados Unidos descubrió, hace años, que los productos de marcas conocidas, cuando son devueltos por el comprador que descubrió algún defecto en ellos, son empaquetados nuevamente y destinados a México, donde un consumidor menos exigente paga por ellos como si fueran nuevos.

Las medicinas de vencimiento muy próximo adquieren, en este tráfico, un sabor siniestro. Laboratorios del mundo desarrollado 'donan' a los países pobres -de África, en especial- medicinas a punto de caducar, cuyo valor descargan así en sus declaraciones de impuestos. Vendidas o regaladas en el país 'beneficiario de la ayuda', son innocuas en el mejor de los casos y producen daños en el peor. Además del beneficio tributario, el laboratorio donante ha resuelto el problema -y se ha ahorrado el costo- de eliminar un producto indeseable.

Las llantas usadas que son exportadas a los países subdesarrollados prestan un servicio relativamente breve, pese a los 'reencauches'. El objetivo de traerlas es no tanto usarlas sino sacarlas del hábitat desarrollado, donde son un estorbo caro de almacenar, porque legalmente no pueden seguir circulando y su reciclamiento es muy costoso.

Medicinas y llantas son un ejemplo claro de que el verdadero negocio no consiste en vender un desecho en el tercer mundo; la clave está en deshacerse, al menor costo posible, de lo inservible o de aquello que resulta tener muy poco valor en el mundo desarrollado, y también de lo que es peligroso. Se trata de enviar al mundo subdesarrollado -donde rigen criterios de menor exigencia- todo aquello que sobra en el desarrollo, incluso pagando al país receptor para que lo acepte.

En 1988 se descubrió un acuerdo firmado entre una empresa de Italia -país que entonces producía anualmente unas 50 toneladas de desechos industriales y otras 16 de artefactos domésticos descartados- y un hombre de negocios ubicado en Nigeria. Se trasladó al país africano y allí fueron almacenados 18,000 barriles de material desechado de alta toxicidad. Denunciada la operación -que costó muertos y lesionados nigerianos- la indeseable exportación regresó al país de origen.

Esa vía negra de comercio internacional ha seguido operando, pese a la Convención de Basilea, que desde hace quince años prohíbe exportar material peligroso de los países ricos a los países pobres. En parte, el problema está en definir qué se considera 'peligroso'. A lugares como Filipinas se exporta masivamente envases plásticos usados para que allí sean eliminados, usualmente quemándolos. El trabajo es hecho por gente muy pobre que contrae enfermedades a partir del contacto con los restos de ciertos productos contenidos en los envases. El norte desarrollado traslada así, a bajo costo, la contaminación ambiental proveniente de la quema de los plásticos.

El caso más llamativo, sin embargo, es el traslado del desguace de aparatos electrónicos de Estados Unidos al Asia, especialmente a India, Pakistán y China. En este último país se estima en más de cien mil el número de trabajadores que, en inmensos basurales especializados, desmontan computadoras, teléfonos celulares y otros bienes, para extraer todo aquello que sea económicamente recuperable. Microconductores, circuitos, discos duros y monitores contienen químicos de un alto nivel contaminante, que a menudo produce cáncer.

Si el trabajo de desmontaje se realizara en un país desarrollado, la seguridad legalmente exigible haría que el costo resultara muy elevado. Al hacerse en países del tercer mundo, donde basta pagar unas cuantas coimas para que las autoridades miren hacia otro lado, el costo se reduce al traslado. Una vez en el país de destino, un ejército de desempleados verán una oportunidad en el desguace, aunque obtengan unas cuantas monedas por el material que recuperen, arriesgando su salud en el esfuerzo.

El uso del tercer mundo como basurero de los países desarrollados permite a estos no asumir los costos ni la responsabilidad por niveles de consumo que, de no mediar estas exportaciones insanas, resultarían insostenibles. El traslado sistemático de bienes que resultan inútiles y de deshechos incómodos o peligrosos hace posible desentenderse de las consecuencias de un modelo de consumo que, siempre en busca de productos nuevos, renueva constantemente la oferta, a menudo de manera frívola.

El gobierno de un país dado puede poner límites y controles para evitar los peores efectos de este comercio vergonzoso. Sin embargo, siempre habrá otro país dispuesto a recibir la basura de la que el mundo desarrollado busca deshacerse. África resulta, desde este ángulo, el continente más disponible como destino. Pero la pobreza de la población y la corrupción de los gobiernos hacen que en todo el tercer mundo las fronteras permanezcan abiertas a la basura del primero.

Tomado de la edición internet del Diario "Perú 21"_26/11/07