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martes, julio 15, 2008

Uribe no rescató a Ingrid Betancourt_Escribe: Guillermo Giacosa / Perù 21


La realidad cotidiana, aun la de los vaivenes politicos, es mas rica y educativa que la letra de algunos textos sagrados, congelados por el dogma y la idolatria.

Esta profunda reflexiòn de Guillermo Giacosa, acerca de una noticia reciente, nos enseña cuanta sabiduria podemos encontrar, si aprendemos a observar con atenciòn y a leer la vida. (Jesùs Hubert)

Dijo Ingrid Betancourt algo que sentí como muy significativo. La cita no es textual pero sí fiel a su sentido: tenía que pasar por esta experiencia. El dolor, cuando es vivido con sabiduría, enseña, ayuda a crecer, amplía el horizonte de nuestra comprensión de los asuntos humanos. Quienes hemos vivido la experiencia del exilio, descubrimos que de todas las cosas que considerábamos imprescindibles pocas realmente lo eran. Quizá ninguna. Con la vida bastaba para comenzar de nuevo. Comprendí, cuando debí dejar mi país, esa máxima del budismo que señala el apego como la mayor cadena que impide asumir la propia libertad. Apego a los bienes materiales, a los honores, a los títulos, al reconocimiento permanente. En cuanto al apego a otros seres humanos, no debemos confundir el amor con la posesión. La posesión ahoga, impide el crecimiento, el amor es precisamente lo contrario: significa libertad y un permiso permanente para que el otro pueda ser realmente otro y pueda desplegarse en sus propios espacios intentando cumplir sus propias vocaciones.

Las FARC, contra su voluntad, nos han devuelto a una Ingrid Betancourt más sabia, completa y plena. Seguramente, el regreso a la sociedad hará que muchos de sus puntos de vista varíen pero, su crecimiento personal, le ayudará a encontrar respuestas que estén encuadradas en esa vocación humanista que ha sido la constante desde su liberación. La invitación al diálogo con la Colombia de Uribe dirigida a los presidentes Correa y Chávez dista mucho de las declaraciones histéricas y confrontacionales de quienes no perciben los graves riesgos que, para nuestra región, trae aparejada la división que quieren sembrar quienes luego se servirán de ella en beneficio de sus propios intereses, que en poco coinciden con los de los pueblos que aquí habitamos.

Durante mi adolescencia leí, de León Tolstoi, una afirmación que, aún pareciéndome imposible, me conmovió: "El amor auténtico es el que uno siente por sus enemigos". Cuando escuché a Ingrid, al lado del hierático presidente Uribe, pedir bendiciones para quienes la habían tenido secuestrada durante seis años sentí, por primera vez, que alguien real, alguien de carne y hueso, alguien que aún tenía el dolor a flor de piel, encarnaba esa expresión del escritor ruso que requiere una heroicidad de espíritu superior a cualquier acto de arrojo material.

Algunos ya acusan a Ingrid de traición. Pienso que seis años en la selva en las condiciones en que vivió te autorizan a agradecer a quienes te rescataron, aunque antes los haya tratado de delincuentes. Quiero creer que Uribe no rescató a Ingrid. Uribe rescató, sin percatarse o percatándose (para ser generosos como la rescatada), una conducta política que pone los valores por sobre los intereses, las necesidades de la sociedad por sobre la obsesión del crecimiento económico, la paz sobre la violencia homicida, la sensatez sobre el fanatismo irracional, cualquiera sea el signo que este tenga.

Espero no haber construido, por necesidad, una ilusión en este desierto de conductas dignas.
Tomado del diario "Perù 21", ediciòn del 14/07/2008

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