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viernes, agosto 07, 2015

Gregorio Martínez, el capitán de la bohemia de los años 60 _ Escribe: Ricardo Raez Ruiz

Gregorio Martinez y Ricardo Raez en la Lima de los 60s

El tiempo se nos escapa como el agua entre las manos. Y si no fuese por la literatura, los detalles de la vida, sus colores, sabores y sonidos, se perderían sin brillo en la ruleta de la memoria.

La literatura transforma así vivencias y experiencias en letras destacadas e indelebles, pero a la vez cálidas y cercanas. Tanto, que parece que también las hemos vivido, hasta el punto de mezclarse con las propias, ayudándonos a comprender estas y a valorarlas mejor.

Pero como no faltan los “doctores”,  que pretenden alejar la literatura y la cultura del vulgo, poniéndolas por encima de la gente, convirtiéndolas en preguntas de concurso o en soluciones de crucigrama, es necesario devolverles el alma, la vida y el corazón; su carácter próximo, eminentemente popular.

Como lo hace Ricardo Raez, al relatarnos en primera persona su testimonio de una época. El surgimiento de una nueva generación de escritores, artistas e intelectuales en los años 60, que no solamente sintieron al Perú como una responsabilidad y un reto, sino que por eso mismo lo sufrieron, rieron y vivieron, intensamente.

Su testimonio, lleno de calor humano, que compartimos con ustedes, formó parte de la presentación en la reciente Feria del Libro de Lima, de “Mero listado de palabras”, una recopilación de los artículos periodísticos del celebre conyunguino Gregorio Martínez, quien forma parte con Ricardo Raez de la nueva pléyade creativa que surgió del mismo parto de ese nuevo Perú, que aún no ha terminado de alumbrar. (Jesús Hubert)

Ricardo Raez Ruiz en la presentación del libro "Mero listado de palabras"

Buenas tardes.

Gregorio Martínez me ha pedido que los acompañe en la presentación de Mero listado de palabras. Lo hago con mucho agrado. Es la correspondencia a la amistad que me brindó durante muchos años, no solo amistad sino también recomendaciones, consejos para la escritura.

Pedro Escribano y Eloy Jáuregui, con muchas luces y agudeza, han comentado la obra de Gregorio Martínez. Yo quiero traer algunos recuerdos de su larga compañía que nos acerquen al hombre, a su caminar.

Los amigos de los años 60 nos conocimos en la Universidad de San Marcos. Fueron años de poesía y narración. Todavía tuvimos nuestras primeras clases universitarias en la vieja casona. Y siempre volvíamos a ella, a su Patio de Letras. Tal vez acarreábamos tempranas nostalgias provincianas que nos congregaban entre las flores, los arbustos y las palmeras.

Llegamos desde lejanos pueblos. Traíamos paisajes, historias oídas a los padres y experiencias vividas, algunos más que otros.  Teníamos 17, 18 años. Nos fuimos juntando alrededor de la biblioteca central. Todos tenían ya la vocación formada. Escribían desde los trece o catorce años, sumaban muchos libros leídos y llenaban libretas de apuntes y devoraban libros.

En un primer momento nos acercamos en los cafés, en el billar de la calle Azángaro. Hasta que después comenzamos a sentirnos más confiados y empezamos a beber. Revelábamos nuestros mundos y las experiencias que habían marcado ya nuestras vidas. Nuestro país, nuestra patria, se abría en nuestros relatos ante nuestros ojos como  descubriendo insospechadas geografías, historias íntimas y colectivas. Con las lecturas y nuestros relatos la vida iba adquiriendo sentido.          

Andrés venía de Huánuco, imaginábamos a sus hermosas mujeres entre la fronda, bajo la Bella Durmiente. Danilo Sánchez Lihon y Valdemar Yupanqui asumian la gravedad de César Vallejo, claro, nacieron en Santiago de Chuco.

Carlos Tincopa y Rodrigo Montoya, iluminados por los relámpagos de Puquio, se sentían herederos de José María Arguedas, Hildebrando Pérez Grande, seguía el camino de su primo Algemiro Pérez Contreras, poeta con resonancias jaujinas. Juan Ojeda, serio, grave, era la imagen de un poeta versado, Chimbote había forjado su fisonomía de pescador que rara vez dejaba ver una leve sonrisa. Después, fueron acercándose otros amigos más y ya podíamos hablar de un grupo.

Nos fuimos juntando en Piélago, la revista que significó la convicción de un camino. Cada número mimeografiado nos lanzaba a Ojeda y a mí  por la avenida La Colmena y escribíamos enfervorizados en las veredas y en las columnas de la Plaza San Martín con tiza: Piélago es poesía. Al día siguiente los ejemplares estarían en los quioscos del Parque Universitario. La noche nos conducía al Palermo o al Jamaica. Celebrábamos nuestras poesías y narraciones primeras.

Llegaron Juan Cristóbal y Julio Nelson, Gregorio Martínez y Cesáreo Martínez,”Chacho”. Y los amigos  de ellos. Nos golpeó la muerte de Javier Heraud. Fue la época de Sartre y el compromiso del escritor. Lenin, Mao, Hugo Blanco… Las lecturas de marxismo, los círculos de estudio nos llevaron a tomar actitudes. Aníbal Marcazzolo, viejo loco bucanero, llegaba a la ciudad universitaria con un costalillo blanco. ¿Qué llevas ahí? Las armas del asalto, decía. Y cierto, las llevaba.  Juan Cristóbal, el chofer de ojos almendrados, según la policía, Jorge Nako, Coco Salazar y otros habían asaltado un banco en La Molina para la revolución.

Con otro viejo bucanero, el gordo Alfredo Portal, poeta y enorme cronopio, e Hildebrando llegábamos furtivamente a un cuartito al fondo de un pasadizo, en un segundo piso en el Rímac, en la calle Francisco Pizarro para animar a Juan Cristóbal que ya no soportaba más su ocultamiento.

Los acontecimientos de la política nacional y mundial nos sacudían. La revolución cubana y el aislamiento de Cuba todavía nos interpelaban. Qué actitud tomar ante la llamada revolución de Velasco Alvarado. Participábamos en las huelgas del magisterio, clasistas y principistas, como se decía.

Creo que no era la lectura de los relatos que escribíamos lo que nos congregaba, porque nadie los mostraba, sino la necesidad de buscar caminos literarios. Así fue como tímidamente, humilde, modesto se acercó al grupo Gregorio Martínez. Leí sus relatos y me maravillé. No era rulfiano pero se sentía la atmósfera de un Comala propio, después fuimos conociendo más de Coyungo, su tierra, y entendimos. Ninguno de nosotros podía presentar un relato parecido.  Andrés seguía a Faulkner, lo leía en la biblioteca nacional hasta que cerraban las puertas. Eran otros sus ámbitos y sus lectores. Años de intenso aprendizaje, de lectura fervorosa y de descubrimientos. Celebrábamos los relatos de Oswaldo Reynoso, de Gálvez Ronceros, de Eleodoro Vargas Vicuña, de Miguel Gutiérrez, maestros ya de escritores.

Gregorio Martínez creció ante nuestros ojos. Fue el capitán de la bohemia.

Siempre sonriente, pero sensible y expuesto a caer bajo la euforia o depresión de los amigos. Una vez me dijo: Carajo, llego donde ti con buen humor y a los cinco minutos me contagiaste tu depresión. O a Martín Quintana, decirle, cada vez que te veo me vienen oleadas de calor. Porque Martín siempre andaba con un saco de paño, hiciera frío o calor.

Es triste dejar cosas, recuerdos, cuando uno hace su maleta del último viaje. Pero, ni modo, tendríamos que hacer uso de un tiempo igual a lo vivido para acomodarlo todo. Y no es posible.

Y de vez en cuando asalta el sentimiento, de golpe, en la memoria de los amigos muertos, que se fueron, que ya no están. Y uno quisiera que no se hayan ido, pero se fueron. Y cómo no servirse un buen trago de pisco y escuchar a Mercedes Sosa y al diablo que alguien diga “yo no puedo tomar solo”. Yo bebo con todos estos viejo amigos, Con José Quiroz, con Juan Ojeda, que dice: Hombre, tú no habitas; con Cesáreo Martínez, Alfredo Portal, Adolfo Polack, con Aníbal Marcazzolo celebrando un año nuevo en su casa de Barranco escuchando las cuatro estaciones mientras Alfredo va comiendo los trozos de corazón, crudos,  que se están macerando. Con Abraham Reyes que canta El pirata.

Bebo con el Politik, Jorge Bendezú, que toda su vida proyectó empresas fabulosas y partidos políticos para llegar al poder, mientras consumía tantos cafés como cigarrillos. Con el poeta Paco Bendezú que sonríe animado por nuestro bizarro editor Hernán Alvarado en su editorial Quipu.  Con Eleodoro Vargas Vicuña celebrando la vida, cuando en sus explosiones se hincaba de rodillas en mitad de la pista y declamaba: Hombre, creo en ti, viva la vida. Con Wilfredo Mesía, que nos dejó tempranamente.

Leo con alguna frecuencia el libro Aprendiz de maga, de Rosina Valcárcel, y recordándola a nuestro lado, preciosa, rememoro los tiempos y los amigos. Es la magia de la palabra.

2.

Pero esta es la noche de Gregorio.

Siempre me asombró la enorme cantidad de conocimiento y experiencias que traía sobre sus hombros. Me empequeñecía al escuchar sus vivencias de niño y adolescente. Cómo podía siquiera intentar presentarle alguna experiencia propia cuando él me hablaba de su trabajo como chulillo de un camión que repartía gaseosas en la quebrada cercana, de cómo se hizo de algún dinero haciendo varios viajes, a la carrera, a la ciudad, para vender naranjas en el estadio de Nazca.

Un hombre de buen criterio y discreción. Ahora entiendo que ha sido una riqueza de vida formada desde pequeño y desde su adolescencia, forjada en su vida independiente. Sabía administrarse, disciplinado, pero siempre vital. Estudioso, estaba al día en las últimas corrientes literarias y de la crítica.

Muy riguroso con su escritura.  Un día que le caímos en su casa de las Américas, a las dos de la mañana, él estaba escribiendo en su máquina portátil, y mientras sacaba unas cervezas, me acerqué a leer lo que estaba escribiendo. Fue como haber violentado un espacio sagrado: su página en el carril. No, no, dijo, no puedes ver lo que escribo hasta que esté terminado.

Pocas personas tan bondadosas, más desprendidas, sinceras y cordiales como Gregorio. Nunca vi en él un gesto mezquino. Cuántas noches, después de una larga travesía, recalábamos en la Libertad, el restaurante donde tomaba su pensión y escuchábamos:

-Ya estamos cerrando, señor Martínez –el dueño, el señor de china nacionalista que le tomó mucho cariño y le regaló un enorme cuadro que colgaba de la pared principal, cuando tuvo que cerrar el establecimiento-. Pero si acepta Félix, no hay problema. ¡Félix!
-Sí, señor, con mucho gusto don Gregorio. ¿Qué le preparo?
-Una fuente de tallarín saltado y ocho cervezas.

Nunca nos dejó pagar allí un centavo. Y los amigos de siempre teníamos ya cuerda para rato.

Fue la bohemia, o eso nos parecía el beber así con furia, con deleite, lo que nos reunía para discutir siempre sobre literatura y nunca para hacer revolución de café.

Siempre he admirado su virtud de recibir información de cualquier interlocutor. A los pocos minutos de diálogo, el recién conocido abría para él un torrente de confesiones, de recuerdos, de conocimientos. Nuestro amigo Fidel Peltroche dice: lo recuerdo mirando las cosas como para escribirlas después.

Socarrón, Chacho decía: este Goyo toodo sabe. Y tras de su sonrisa de anochecida y de sus ojos chinos, sabía que estaba en lo cierto. No había tema, de hechos divinos o pedestres, del campo o de la ciudad, en nuestras conversaciones, que no fuera ampliado por Gregorio, con mayores detalles y profundidad. En verdad todo lo sabía

De amanecida, fuimos, hambrientos, a un restaurante de la calle Puno, a una cuadra de la avenida Abancay. Pedimos una parihuela. Cuando ya íbamos a meter la cuchara,  Gregorio dice: No. No coman. Estos platos están mal.
-¿Cómo lo sabes?
-¿Ven cómo se forman burbujas? Nos podemos intoxicar.
Pidió otra cosa y nos salvó la vida. En verdad, Goyo sabía mucho y con él aprendimos como el Lazarillo con el ciego.

Cuántos amigos que están presentes aquí podrían relatar historias vividas con Gregorio Martínez.

Desde los años juveniles hasta la madurez, en los diarios en los que trabajó como periodista.

En el Palermo nos recibía nuestro amigo Broncano o Linares. ¿Qué le sirvo camaradita? Y comenzábamos nuestro largo viaje. Ramón Aranda, Juan Cristóbal, David Motta. A Hatuchay, en el Rímac, a escuchar  la guitarra de Manuelcha Prado y a disfrutar de la alegría de Manuel Acosta Ojeda despachándose buenas botellas de ron.

Formábamos espíritu, convicciones, lealtades...

Acaso ellos como yo pensaban que no había otro estado para poder soportar y transitar, para ver y vivir en esta sociedad, en este país que nos dolía, que amábamos  en cada espacio y en cada gente que a diario conocíamos en sus calles, que este permanente estado de embriaguez. Que nos impulsaba a los bares queridos: Del Palermo al Chinochino, bautizado así por el pintor Pancho Izquierdo, a la Prefectura, el bar que estaba en la esquina de Azángaro y Colmena, llamado así porque en la pared de afuera había un teléfono por el que se comunicaba la policía que hacía su ronda nocturna,  al Jamaica atendido por el vasco don Antonio Orro, tan serio pero amable, al cuchitril y al Fin del mundo, llamados así porque eran nuestro último recurso cuando ya no había lugares adonde ir, a La Llegada, al Apolo, al Wony, al Pacharaco, a la Buena Muerte, al Versalles, a La Libertad, al Zela, al Bar sin personalidad, porque era anodino, sin nada que lo distinguiera como los empleados que marcaban tarjeta, todos igualitos.

Pero también teníamos tiempo para trabajar como cualquier pequeño burgués. Y hasta pensamos en hacernos ricos. Valdemar, Gregorio y yo formamos una compañía: Estudio 3. Aprendimos a copiar fotografías en el estudio de nuestro amigo Teodomiro Rosales. Pusimos nuestras máquinas fotográficas y buscamos tres fotógrafos que realizarían el trabajo en la playa y en los parques. Publicamos un aviso en El Comercio y al día siguiente teníamos en la puerta de una oficina prestada a cien postulantes haciendo cola para que Valdemar los entrevistara con todas las técnicas psicológicas. Gregorio vio las cosas difíciles y señalándolos dijo: tú, tú, tú, se quedan, los demás se van. Casi tuvimos un mitin y linchamiento. Finalmente nuestros fotógrafos no duraron y tuvimos que dar trabajo a Chacho y a Ojeda. Ellos quemaban cuatro o más rollos de película, por los cuales les pagábamos. Hacíamos las cuentas en el Palermo, y nos bebíamos las ganancias. Pero lo que nos quebró fue que Chacho y Juan cobraban por rollos que tomaban a delegaciones de estudiantes que llegaban a la vivienda universitaria por dos o tres días y después se iban. Entonces, ¿a quiénes entregarles las fotografías? No, no estábamos hechos para empresarios.

3.

Sí, sin duda. Los años sesenta fueron años de aprendizaje compartido.


Gregorio traía ya historias, mucha experiencia vital. Leíamos y comentábamos. Nos entusiasmábamos con Rulfo, con Cortázar, con Carpentier. Algunos seguimos siendo vallejianos,  con Valdemar Yupanqui recitábamos a Vallejo a las tres de la mañana en la plaza de Armas con algunos cuartitos de coñac tres estrellas con harto limón.  La garúa caía mientras nos embriagábamos de poesía.


Veíamos hacia adentro, la propia vida y la de nuestra patria querida y creábamos utopías, futuro. Tal vez era la formación recibida de nuestros clásicos, Arguedas, Ciro Alegría. Y de los maestros actuales, Julio Ramón Ribeyro, Gálvez Ronceros, Oswaldo Reinoso, Miguel Gutiérrez…

En una entrevista con Roland Forgues, Gregorio dice: “yo pude asistir a la escuela, después al colegio, luego a la universidad y, finalmente a los bares, allí donde recién empecé a conocer la literatura más valiosa y las técnicas de la escritura, y hasta evolucioné ideológicamente.”


¿Qué puede contener tanta vida? ¿Qué? ¿Si no la escritura, el texto escrito, la memoria y la literatura? Solo el lenguaje  devuelve la vida a la gastada rutina trayendo las huellas de gozos y lastimaduras, heridas.


 Goyo mostraba un mundo enorme de conflictos sociales y de grupos humanos que trascendía Coyungo y Nazca. Diferentes a los personajes del virtuoso Augusto Higa. Pero ambos, al igual que Gálvez, que Andrés,  dejaban sangre en sus relatos. No  siguieron modas. Por eso, tal vez, rechazábamos las críticas o comentarios de José Miguel Oviedo,  pontífice de El Comercio, por segregacionista y elitista. Más bien festejábamos los logros de Antonio Gálvez Ronceros y de Vargas Vicuña. Goyo iba más allá. Buscaba textos de escritores provincianos, de Ica y de Nazca, de escritores que habían aparecido en algunas páginas de periódicos de provincias. Goyo encontraba en ellos riqueza.


Podríamos encontrar algunas diferencias y distinguir escritores que ligados a sus recuerdos vinculan sus reflexiones, sus quereres a la patria y encuentran la sabiduría del pueblo, en su imaginería o magia, y no solo en el contenido sino también en su lenguaje, allí están Arguedas, Alegría, Vallejo, y, al otro lado, los que producen para el mercado. Y no se hable de provincianos y cosmopolitas, y otras tonterías.


Al final, yo quisiera ver aquí a Goyo, al lado nuestro, junto a nosotros para celebrar la vida.

Gracias.


Ricardo Raez Ruiz en presentación de “MERO LISTADO DE PALABRAS“ 30-7-15

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