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miércoles, diciembre 16, 2015

Preguntas para una espiritualidad, sin religiones ni iglesias_Escribe: Mariá Corbí / CETR



Cuando hablamos de espiritualidad inmediatamente la asociamos a la religión; como sin el dogma no pudiésemos interiorizar nuestra existencia.

Las religiones han cumplido en los siglos el papel de muletas para una humanidad-niña, que ha tenido “miedo” a caminar sola y consciente de quién es en medio del infinito de lo que existe.

De manera que las religiones han devenido -más que en una ayuda- en un obstáculo para la espiritualidad, entendida como elevación y comunión con nuestros semejantes y con nuestro medio vital.

Si no, miremos nomas lo que ocurre con grandes masas fanatizadas por organizaciones religiosas que los esquilman a cambio de una salvación etérea y las enfrentan, haciéndolas presumir de ser dueñas de la verdad, o las empujan a guerras sangrientas en nombre de un dios excluyente, o las esclavizan con prohibiciones pseudo-morales que las castran, en tanto niegan las propias pulsiones de la naturaleza humana.

Hoy, cuando la vida en el planeta Tierra se ve amenazada por la codicia de Caín, las religiones nos dividen y bloquean nuestra comunión esencial, olvidando que somos tripulantes de una nave única para la vida y que para no perecer, es necesario volvernos a plantear algunas de las preguntas fundadoras acerca de nuestra existencia, libres de prótesis o auxilios cegadores y/o deformantes.

Este es el sentido de una espiritualidad, sin religiones ni iglesias, de la que nos habla Mariá Corbí. (Jesús Hubert)

Marià Corbí

La dimensión absoluta de lo real. Reflexiones

Intento de aclarar algo la dimensión absoluta de lo real en una sociedad no religiosa. La dimensión absoluta de lo real es “eso de ahí”, la inmensidad de los mundos que no es relativa a nuestras necesidades de vivientes. Es la cara no relativa a nosotros de la realidad que también se nos muestra como relativa a nosotros.

La dimensión absoluta es la inmensidad de los soles, las galaxias, las galaxias de galaxias, los terribles y monstruosos agujeros negros, la formación de estrellas, su explosión y colapso, el pluriverso.

El universo es una terrible monstruosidad, para nuestra frágil carne. Son fuegos atroces, fuerzas y energías gigantescas, inconcebibles para nuestro pobre cerebro.

Nosotros no somos más que unos pobres animalitos insignificantes del planeta tierra, satélite de una estrella de una de las barriadas de nuestra galaxia.

Pero en nuestra insignificancia absoluta no somos nadie venido a estos mundos terribles; somos esos mundos. Somos como una velita que sostiene una pequeña llama en medio de los soles.

Nuestras facultades no están ordenadas a esas inmensidades; se construyeron al servicio de la sobrevivencia de nuestra breve vida.

La dimensión absoluta es todo eso, incluyéndonos a nosotros, como leve luz para iluminar la inmensidad de lo que hay.

Todo es desproporcionado a nuestras pobres luces y a nuestro sentir, todo él volcado a la inmediatez de la sobrevivencia.

Si queremos pensar correcto y construir nuestros proyectos valorales colectivos de forma adecuada, habrá que meter en nuestra mente y en nuestro sentir la magnitud inconcebible de la dimensión absoluta.

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Esa atrocidad de mundos ha sido amable con nosotros y también con todas las especies animales. Nos ha dotado de un sistema cerebral y de unos sentidos que filtran esos mundos monstruosos de forma que resulten soportables a nuestra fragilidad. Más aún, han modelado esos mundos a nuestra pequeña medida y los han hecho bellos, deseables, amables, generalmente benévolos.

Podemos decir, hablando lenguaje humano, que la inmensidad de los mundos ha sido buena, misericordiosa con nosotros y con todos los animales.

La Tierra es como una pequeña nave azul, protegida en medio de terribles hornos de fuego repartidos en los inmensos vacíos del espacio.

La Tierra nos mantiene a nosotros y a todos los vivientes como entre algodones.

Volviendo a hablar con lenguaje humano, podríamos decir que, puesto que nosotros somos luz de la mente y calor del sentir, y no somos nadie venido a estos mundos, son estos mundos los que son mente y sentir. Nosotros, débiles y breves vivientes, somos el lugar donde la luz de la mente y el calor del corazón brota, como el magma de los volcanes, desde el seno de los mundos.

El misterio de los mundos es nuestro propio misterio y el misterio de nuestro pensar y sentir es el misterio de los mundos.

De estas consideraciones surgen espontáneamente tres graves cuestiones:

 -¿Qué es este mundo inabarcable e inconcebible?
-¿A qué nos referimos cuando usamos el término “Dios” o la “dimensión absoluta”?
-¿Qué somos los humanos?

Estas tres preguntas son tres miradas a un mismo problema.

Estas preguntas son preguntas-luz, preguntas-noticia indudable, pero no tienen posible respuesta.

Estas tres preguntas se entrecruzan entre ellas de forma que no se puede intentar centrarse en una de ellas sin que aparezcan casi simultáneamente las otras dos.

La inabarcabilidad de la comprensión de los mundos se adentra en la aparentemente más sencilla pregunta por el ser humano. La pregunta por los mundos y por el ser humano son la pregunta por la dimensión absoluta de lo real y a la inversa, la pregunta por la dimensión absoluta es la pregunta por los mundos y por los humanos.

Las facultades humanas, hechas para las pequeñas cosas concretas que tienen que ver con la sobrevivencia de nuestra condición animal, se pierden en esas profundidades inabarcables. Pero, a pesar de ello, tienen noticia cierta, no conceptuable, de esas dimensiones infinitas. ¡Otra vez el misterio de la condición humana, que es la condición también de los mundos y de la dimensión absoluta de lo real!

Las venerables religiones son soluciones “caseras” para estas terribles preguntas. Soluciones muy bien construidas y aliñadas para mentes y para paladares humanos, que, por mutación de los tiempos, ya no son posibles.

El fondo de todas las religiones y tradiciones espirituales son estas tres preguntas, a las que se dan siempre respuestas, pero se trata de unas respuestas que no son cumplidas respuestas. Siempre queda, y ha de quedar, el latido de las preguntas que no pueden ser respondidas.

En las sociedades de conocimiento hay que plantear estas preguntas en toda su crudeza y de forma que lleguen a toda la población, sin poder acudir a las soluciones caseras de las religiones.

De la conciencia de esta nuestra situación dependerá la cualidad humana honda, sin la cual las sociedades que viven y prosperan desde el conocimiento no son viables.

Llegados aquí surge una grave cuestión: ¿cómo llevar a las gentes a esta conciencia?
Esa es nuestra tarea.

Resulta necesario que tengamos que sumergirnos, lo más posible en ese espanto y en ese asombro para pensar desde ahí y sentir desde ahí, para buscar una comprensión y un sentir adecuado para poder construir nuestros proyectos valorales colectivos convenientes a la nueva situación.

Nuestra condición de sociedades laicas, sin religiones, ni creencias nos ha llevado donde estamos, sin posible marcha hacia atrás.


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