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miércoles, marzo 11, 2015

Alto a la agresión norteamericana: ¡Todos somos Venezuela!

 
La invasión militar de Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de 1989,
no debe repetirse en Venezuela


Desde que Hugo Chávez asumió el poder empezó la labor de los medios de comunicación internacionales para desfigurar la situación política de Venezuela.

Siempre se trató de presentar al gobierno venezolano como ilegítimo y antidemocrático.  Cerrando los ojos a los procesos electorales que han ratificado la voluntad del pueblo venezolano por el proyecto bolivariano.

Ya la tarea está hecha. Estamos a las puertas de una intervención militar norteamericana en Venezuela.

Nuestras despolitizadas sociedades latinoamericanas, sumergidas en su preocupación por afrontar el día a día, ya están ablandadas y en su mayoría se  tragó el cuento: Venezuela vive una dictadura y debe acabarse con ella.

La baja internacional del precio del petróleo cambio la situación de holgura económica de Venezuela y la reacción internacional quiere aprovechar esta brecha para terminar con el gobierno bolivariano porque representa una de las columnas  fundamentales para la integración latinoamericana, con independencia, frente a los Estados Unidos de Norteamérica.

Lo que ocurre es que las clases medias en América Latina son las únicas que realmente tienen voz para hacerse escuchar y este sector social se identifica con sus pares venezolanos y los sectores pudientes que se fungen como  víctimas del gobierno de Maduro. La voluntad mayoritaria de los sectores populares no cuenta, no tienen voz.

Más allá de las visiones particulares que cada uno puede tener de lo que ocurre en Venezuela , debemos hacer un esfuerzo por sacudirnos y levantar nuestra voz contra la clara injerencia norteamericana que también pretende avasallarnos con el ingreso al Perú, el próximo 01 de Setiembre, de 3,500 efectivos militares norteamericanos, con la vergonzosa autorización del Congreso y la Presidencia del Perú.

Por ello, lo que ocurre en Venezuela, no es de ninguna manera ajeno a nuestro país y a Latinoamérica.

Que aquello de nuestro himno nacional “Somos libres, seámoslo siempre” no quede solo como un saludo a la bandera. La dignidad y la soberanía de nuestro pueblo depende de cada uno de nosotros. Y nuestra Patria no solo es el Perú, sino la América toda, por la que dieron la vida los libertadores de todos los tiempos. (Jesús Hubert)


Preparando la agresión militar a Venezuela

Por Atilio A. Boron / Página 12

Barack Obama, una figura decorativa en la Casa Blanca que no pudo impedir que un personaje como Benjamin Netanyahu se dirigiera a ambas cámaras del Congreso para sabotear las conversaciones con Irán en relación con el programa nuclear de este país, ha recibido una orden terminante del complejo “militar-industrial-financiero”: debe crear las condiciones que justifiquen una agresión militar a la República Bolivariana de Venezuela. La orden presidencial emitida hace pocas horas y difundida por la oficina de prensa de la Casa Blanca establece que el país de Bolívar y Chávez “constituye una infrecuente y extraordinaria amenaza a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”, razón por la cual “declaro la emergencia nacional para tratar con esa amenaza”.

Este tipo de declaraciones suelen preceder agresiones militares, sea por mano propia, como la cruenta invasión a Panamá para derrocar a Manuel Noriega, en 1989, o la emitida en relación con el Sudeste Asiático y que culminó con la Guerra en Indochina, especialmente en Vietnam, a partir de 1964. Pero puede también ser el prólogo a operaciones militares de otro tipo, en donde Estados Unidos actúa de consuno con sus lacayos europeos, nucleados en la OTAN, y las teocracias petroleras de la región. Ejemplos: la Primera Guerra del Golfo, en 1991; o la Guerra de Irak, 2003-2011, con la entusiasta colaboración de la Gran Bretaña de Tony Blair y la España del impresentable José María Aznar; o el caso de Libia, en 2011, montado sobre la farsa escenificada en Benghazi, donde supuestos “combatientes de la libertad” –que luego se probó eran mercenarios reclutados por Washington, Londres y París– fueron contratados para derrocar a Khaddafi y transferir el control de las riquezas petroleras de ese país a sus amos. Casos más recientes son los de Siria y, sobre todo, Ucrania, donde el ansiado “cambio de régimen” (eufemismo para evitar hablar de “golpe de Estado”) que Washington persigue sin pausa para rediseñar el mundo –y sobre todo América latina y el Caribe– a su imagen y semejanza se logró gracias a la invalorable cooperación de la Unión Europea y la OTAN, y cuyo resultado ha sido el baño de sangre que continúa en Ucrania hasta el día de hoy. La señora Victoria Nuland, secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, fue enviada por el insólito Premio Nobel de la Paz de 2009 a la Plaza Maidan, de Kiev, para expresar su solidaridad con los manifestantes, incluidas las bandas de neonazis que luego tomarían el poder por asalto a sangre y fuego y a los cuales la bondadosa funcionaria les entregaba panecillos y botellitas de agua para apagar su sed para demostrar, con ese gesto tan cariñoso, que Washington estaba, como siempre, del lado de la libertad, los derechos humanos y la democracia.

Cuando un “Estado canalla” como Estados Unidos, que lo es por su sistemática violación de la legalidad internacional, profiere una amenaza como la que estamos comentando, hay que tomarla muy en serio. Especialmente si se recuerda la vigencia de una vieja tradición política norteamericana consistente en realizar autoatentados que sirvan de pretexto para justificar su inmediata respuesta bélica. Lo hizo en 1898, cuando en la Bahía de La Habana hizo estallar el crucero estadounidense Maine, enviando a la tumba a las dos terceras partes de su tripulación y provocando la indignación de la opinión pública norteamericana, que impulsó a Washington a declararle la guerra a España. Lo volvió a hacer en Pearl Harbor, en diciembre de 1941, sacrificando en esa infame maniobra a 2403 marineros norteamericanos e hiriendo a otros 1178. Reincidió cuando urdió el incidente del Golfo de Tonkin para “vender” su guerra en Indonesia: la supuesta agresión de Vietnam del Norte a dos cruceros norteamericanos –luego desenmascarada como una operación de la CIA– hizo que el presidente Lyndon B. Johnson declarara la emergencia nacional y poco después, la guerra a Vietnam del Norte. Maurice Bishop, en la pequeña isla de Granada, fue considerado también él como una amenaza a la seguridad nacional norteamericana en 1983, y derrocado y liquidado por una invasión de marines. ¿Y el sospechoso atentado del 11-S para lanzar la “guerra contra el terrorismo”? La historia podría extenderse indefinidamente. Conclusión: nadie podría sorprenderse si en las próximas horas o días Obama autoriza una operación secreta de la CIA o de algunos de los servicios de inteligencia o las propias fuerzas armadas en contra de algún objetivo sensible de Estados Unidos en Venezuela. Por ejemplo, la embajada en Caracas. O alguna otra operación truculenta contra civiles inocentes y desconocidos en Venezuela, tal como lo hicieran en el caso de los “atentados terroristas” que sacudieron a Italia –el asesinato de Aldo Moro, en 1978 o la bomba detonada en la estación de trenes de Bologna en 1980– para crear el pánico y justificar la respuesta del imperio llamada a “restaurar” la vigencia de los derechos humanos, la democracia y las libertades públicas. Años más tarde se descubrió que estos crímenes fueron cometidos por la CIA. Recordar que Washington prohijó el golpe de Estado de 2002 en Venezuela, tal vez porque quería asegurarse el suministro de petróleo antes de atacar a Irak. Ahora está lanzando una guerra en dos frentes: Siria/Estado Islámico y Rusia, y también quiere tener una retaguardia energética segura. Grave, muy grave. Se impone la solidaridad activa e inmediata de los gobiernos sudamericanos para denunciar y detener esta maniobra.

* Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales. Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-267751-2015-03-10.html

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